martes, enero 24, 2006

 

Otra cosa es con guitarra



Tras conseguir lo para muchos impensable, Evo Morales dejó al mundo atónito al convertirse en el primer Mandatario indígena de Bolivia. Junto a él, todo un pueblo espera la realización de sus, por siglos, denegadas aspiraciones. Ahora sí se viene lo más difícil: hacerlo. Por si no, ya hay movilizaciones anunciadas. ¿Tocamos?

Bastante ajetreados, por no decir insólitos; por no decir pintorescos; por no decir inéditos han resultado estos primeros días del líder indígena y cocalero Evo Morales, flamante Presidente boliviano. Después de unas elecciones que constituyeron un record histórico –52%- en una nación donde son varios los que corren tras el Sillón de Palacio Quemado, en La Paz, el mundo observa curioso y atónito la feroz convocatoria de este humilde campesino -asumido con un 74% de apoyo- que recién a los trece años conoció la ciudad. Hasta esa edad permaneció al amparo de los Andes bolivianos, en el remoto caserío de Isayavi, cerca de Oruro.

Pero ése no era su destino. Aún joven, dejó la casucha de 32 metros cuadrados en la que moraba junto a sus padres y sus dos hermanos -3 más murieron- para probar suerte en el subtropical Chapare, punto medio entre la todavía serrática Cochabamba y la tropical Santa Cruz. Ahí comenzó el idilio con la que hasta hoy sería su compañera inseparable y principal bandera de lucha de la causa indigenista: la hoja de coca. De ahí al liderazgo de quienes se dedicaban a su cultivo, un solo paso. El pueblo vería nacer, al alero de su sagrada planta, a un nuevo líder; quizás el portador definitivo de la esperanza

El gran arrastre boliviano hacia el cocalero lleva consigo la terrible carga de ofuscación y resentimiento de una nación virtualmente tiranizada a manos de caudillos y Presidentes blancos, de origen europeo, y que más parecen reyezuelos. Junto a otros pocos blancos se reparten las vastas riquezas naturales del país -corrupción de por medio- mientras el ciudadano humilde, de origen indígena o mestizo, se pudre en la hediondez y la basura de sus barriadas.

“¡Teníamos oro y lo perdimos, tenemos gas y se lo roban, para el pueblo ni un solo centavo!”, parece ser el clamor de quienes ven en Morales al único capaz de hacerle frente a las transnacionales y dejar en claro quiénes son los dueños del preciado hidrocarburo, único as de Bolivia para intentar salir de la pobreza. Y quizás sea ése el máximo problema del nuevo Presidente: tendrá que cumplir lo que prometió. Tendrá que gobernar a favor de los intereses encomendados por más de la mitad del país, quienes esperan un cambio radical en la administración de los despilfarrados recursos y una solución a su miseria.

Pero resulta que el tema no es fácil: no se puede gobernar prescindiendo de las transnacionales y yendo en contra de ellas. De ser así, las grandes empresas que se jugaron por invertir en Bolivia arrancarán despavoridas, trayendo el caos en materia de empleos y disponibilidad de bienes y servicios. Y eso Evo lo sabe. Debió morigerar su discurso y tratar de darle un rumbo conciliador. Es que otra cosa es con guitarra. Y eso Evo también lo sabe. Los que no parecen saberlo son sectores del pueblo llano, que no entienden que la globalización es un proceso irrefrenable, un fenómeno mundial, y que no es conveniente ir contra ella sino tratar de suavizar lo mejor posible sus efectos negativos.

Explicarle todo esto a la “señora Juanita” boliviana se hace muy difícil, sobre todo cuando existen líderes tránsfugas como Felipe Quispe –quien luchó junto a Morales para derrocar a Carlos Mesa y ahora se distanció-, quien ya anunció su oposición al gobierno y amenazó con movilizaciones de no cumplirse los 90 días que, según él, “el pueblo dio para nacionalizar los hidrocarburos”, además de derogar las leyes neoliberales. Vaya problema. Porque aunque Quispe haya obtenido sólo un 2% como candidato a Presidente, sí que mueve masas. Si no pregúntenle a los campesinos de El Alto, quienes a su orden paralizaron a la capital durante días, en mayo pasado.

Ahora, Evo, esta gran guitarra ¿cómo la vas a tocar? ¿Cómo impedirás, cuando las cosas no resulten lo que parecían al calor del discurso, que la multitud que te creyó te pase la cuenta, o se sienta traicionada? ¿Cómo le harás entender que, por mucho que prometas mar para Bolivia, la decisión no depende de ti sino de otro estado soberano? ¿Cómo explicar que al querer suspender como medida de presión cualquier negociación comercial con Chile- "habrá que revisar los acuerdos", dijo- Bolivia se estaría disparando en un pie, porque, justamente la mayor beneficiada es ella?

Pero no hay que ser pesimistas. A lo mejor Evo Morales sí puede ser el camino de una Bolivia nueva, más justa y equitativa, sin caudillismo ni corrupción. Una Bolivia que asuma a la globalización y la utilice a su favor, reivindicando a la vez los gritos silenciados de millones de indígenas. Porque total, si después de 180 años de Historia boliviana y Presidentes blancos -cinco en los últimos cinco años-, que jamás lo hicieron bien, además de 500 años de domunio colonial ¿por qué Evo, de otra sangre, de otra madera, de otra visión, no podría acertar, obrando el “milagro”? "500 años fuimos humillados. Ahora gobernaremos 500 años", declamó.

Para eso deberá seguir mitigando y aterrizando su discurso; entender las cosas desde la óptica de un gran y complejo proceso y, cuando aparezcan las primeras dificultades y embates de descontento –cosa normal en el país altiplánico-, no amilanarse jamás.

Hace poco, el sociólogo y periodista Fernando Villegas comentó que “hay países que nunca se subieron al vagón histórico del desarrollo, que sencillamente no les tocó. Es el caso de muchos países de Latinoamérica, que jamás pudieron subirse a este carro llamado globalización y debieron optar por sus propios rumbos”. Tal vez desde esa óptica Morales sea el elegido para la tarea. La de una Bolivia sui generis mediana o tangencialmente globalizada, dominada por sus pueblos autóctonos. Aunque quizás lo único certero a estas alturas es que, sea Evo u otro, no importa quién gobierne. Bolivia será siempre una guitarra demasiado difícil de tocar. ▄

lunes, enero 16, 2006

 

¿Y usted, qué tipo de viajero es?


El placer de viajar envuelve varias formas de vivir la aventura de no saber qué hacer cada día. He aquí algunas ideas o categorías para sus vacaciones.
Vacaciones. Época de descanso; tiempo para el relajo y la introspección; tiempo para hacer lo que uno quiera y cuando quiera. Para concluir o desarrollar todas las ideas que no hicimos durante el año. Es el momento ideal para sencillamente mirar el techo y repetirse a cada rato, como tratando de auto convencerse: “No tengo nada que hacer”. En vacaciones tenemos derecho inclusive a aburrirnos. Pero esto pocas veces es valorado. En realidad, qué rico es poder lisa y llanamente estar lateado, sin hacer nada, ocupando nuestro valioso tiempo en contemplar el vuelo de una mosca o meterse los dedos a la nariz. No tiene precio.

Viajar es la ocasión para el encuentro con la familia, con los amigos y, por qué no, con uno mismo. Hay tantas formas de viajar como preferencias existen. Están los viajeros paltones, los opíparos, los clase media, los aperrados, los mochileros, entre los que están, a su vez los pirulos o los hippientos. Éstos últimos se subdividen en los hippies cuicos y los hippies piojentos. Finalmente están los viajeros populares. Vamos por parte:

1. El viajero paltón: Dícese de los “Raimundo Eduardo” y “Catalina Ignacia” que pasan sus vacaciones en Europa, o en algún lugar del hemisferio norte. Este tipo de viajeros son más frecuentes en invierno, pues aprovechan el verano de allá. Algunos pocos prefieren el verano chileno para irse a esquiar a los Alpes austríacos. Viajan mucho, pero como caballeros. Cero mochila, cero “hostal”, cero penuria, cero sanguchito.

2. El viajero opíparo: Aquél que, siendo de ingresos relativamente elevados, opta por pasar sus vacaciones en algún resort del caribe, y sin mover un dedo del lugar, pues éste cuenta con todas las comodidades en su apetecido sistema “all inclusive”. Aquí se viene a dormir, a chupar como esponja, a comer como un cerdo, acabando con cuanto buffet se encuentre, a pololear y a quemarse como una pancora. Este viajero no posee espíritu aventurero ni le gusta internarse más allá de la entrada del resort. Generalmente, estas bacanales duran una semana.

3. El viajero clase media: Este viajero es más osado que los anteriores. Por lo general anda con toda la familia y opta por camping, cabañas en lagos y playas, o cae de paracaidista en las casas de familiares o amigos más pudientes. Se mueve mayoritariamente en auto o bus. Es el viajero chileno por excelencia.

4. El viajero aperrado: Un tipo especial de viajero, no muy frecuente. Se caracteriza por tener recursos económicos aceptables pero renunciar a las comodidades de los resort o Europa por un buen 4 x 4 e internarse a la aventura, eligiendo como destino recónditos lugares de Sudamérica, y llegando hasta donde nadie ha llegado. Gusta de la emoción y de caminos que no sabe si terminará, y acepta condiciones duras. Es mi favorito.

5. El mochilero: Este viajero es más frecuente entre los 18 y 30 años. Aquí la familia se reemplaza por los amigos, o inclusive hay quienes viajan solos. El vehículo por excelencia es el bus “clásico”, rasca, y las condiciones son de sobrevivencia. A veces falta la comida, pero nunca el copete. Son capaces de renunciar a una merienda por una botella de pisco, o por rones y licores de dudosa procedencia. Se cobija al aire libre, bencineras, carpas u hostales de mala muerte. En general es sumamente aperrado y sus destinos son de lo más variados, incluyendo Chile o el extranjero. Esta categoría se subdivide en:

a. Mochilero pirulo: Aquel niñito(a) bonito(a) de buena familia que adopta esta modalidad como una contestataria forma de declarar su independencia del núcleo. Por lo general opta por destinos como Pucón, Europa y Sudamérica (dígase Brasil, Perú y Bolivia), a los que, obviamente en el segundo caso, y la mayor parte de las veces en el tercero, llega en avión. Si bien aperra con sus amigos en condiciones no tan cómodas, lleva sus buenas lucas, está respaldado por celulares con roaming y tarjetas de crédito de los padres para cualquier “emergencia”. También utiliza el cobro revertido automático.

b. Mochilero hippiento: Aquél cuya forma de vestir es aún más contestataria, sacándole canas verdes a los padres. Suele no bañarse y andar con el pelo pegado y la polera sin lavar de varios días. También se subdivide:

b.1: Hippie cuico:
Aquél que por contestatario, por moda o alguna huevada por el estilo, hace tira sus poleras Benneton, Zara y Polo para usarlas, y lleva el típico chaleco artesa que dice “Bolivia” o que se compró en las ferias artesanales de Vitacura o Los Dominicos. Los chicos se dejan crecer el pelo y la barba y las chicas se dejan de pintar y echarse perfume. Ambos no se bañan. Es de buena familia, colegio o universidad y suele pulular por el Cusco, Bahía; encontrándose consigo mismo en San Pedro de Atacama o en algún lugar cool de Sudamérica que parezca Reñaca por tantos chilenos taquilla que concurren.

b.2: Hippie piojento: Aquél que efectivamente no tiene ni uno. Suele ser de extracto más bajo, y es común verlo machetear afuera de las discos o en las estaciones de servicio de balnearios populares como El Quisco, El Tabo o Cartagena. No sale de Chile. No se baña, y su olor se percibe a la distancia, como también el de sus “rastas” naturales. Se mueve a dedo, aloja en carpa, donde sea, como sea y comiendo lo que sea. Por lo general siempre anda curado y lleva en su mano alguna caja de vino matapenquero. A veces lo mezcla con melones.


6. El viajero popular: Aquí se retoma el núcleo familiar. Este viajero se encuentra por excelencia en el litoral central, siendo Cartagena su base de operaciones. Se excluyen lógicamente Santo Domingo, Zapallar, Cachagua, Papudo y Maitencillo por pitucas. El viajero popular gusta de los asados en la playa, picar cebolla, comer sandía, hacer mariscales, tomar pipeño, llevar al perro, una tremenda radio y hacer camping improvisado junto al mar. Se moviliza en buses, furgones, camionetas, “panes de molde” y por el estilo. La pasa bien donde sea, como sea y su espíritu es siempre alegre. No se queja de las incomodidades, constantemente irradia optimismo y sabe tirar una buena talla. Representa a gran parte de Chile.


Yo suelo ser de los aperrados 4 x 4, con un espíritu libre; no estoy atado por mucho tiempo a alguna parte. Sigo y sigo por rutas indómitas hasta donde las ganas, el tiempo y la plata me alcancen. Con sólo echar las cosas en el jeep; con sólo atravesar Alto Hospicio rumbo al desierto nortino la agitación arrecia, dando comienzo a mi aventura, la que nunca sé donde terminará. Para mí el viajar no radica en visitar museos, monumentos y tonteras, aunque lógicamente hay lugares donde es necesario hacerlo. Para mí la clave de un buen viaje es conocer y compartir con la gente del lugar. Mezclarme con ella, entender sus costumbres y no “disfrazarme” de turista, sino pasar lo más piola posible.

He cruzado fronteras ingobernables a pie o en el pick up descubierto de una camioneta. Estado en el medio del altiplano en una tormenta eléctrica, con rayos cayendo a 200 metros de mí. Tenido que sobornar policías corruptos para poder salir de un país. Sentido miedo, alegría y también mucha emoción. He tomado caminos que nadie recomendaba y aun así he llegado a mí destino. He conocido etnias, acentos, costumbres y gente que tal vez nunca más vea, haciendo de cada día una experiencia distinta. Ése es el placer de viajar.

¿Y usted, qué tipo de viajero es? ▄

jueves, octubre 20, 2005

 

Alberto, obrero; José María, gerente



Mientras el flamante santo chileno iniciaba su ministerio de amor a quienes no tienen, en España, una particular forma de llegar a quienes sí tienen cobraba vigor. Potenciales adversarios doctrinales y políticos, Alberto Hurtado y José María Escrivá de Balaguer recorrían, por distintos rumbos, su camino a la santidad.

El Padre Hurtado finalmente será canonizado. Tras años de riguroso proceso eclesiástico, el “apóstol de los pobres”, fundador del Hogar de Cristo, será enaltecido en la gloria de los Cielos. Aquel luchador incansable, amante de su pueblo y sobre todo de los más pobres, ocupará un lugar en la Historia Sagrada.

Quien decía que “nadie es tan pobre que no pueda dar” y que “no puedes descansar mientras exista un solo necesitado”, desde el momento en que Benedicto XVI lo entronice en la Plaza de San Pedro llenará el corazón, no sólo de Chile, sino de todos quienes deseen invocarlo.

El Padre Alberto Hurtado es, definitivamente, un santo moderno, contingente, que vivió muy cerca de nuestra época y fue palpable. No lo conocimos por fastuosas y sublimes pinturas renacentistas, ésas que exaltan al hombre y lo magnifican en su rostro y actitudes corpóreas, casi como un ser supremo. Nada más alejado de eso.

El Padre Hurtado fue amigo de algún amigo de un abuelo nuestro. Casó a parejas que aún hoy viven para contarlo; tal vez bautizó a algún tío o primo del amigo de un tío; recogió de los puentes y “caletas” a niños y jóvenes que hoy, ya adultos, tienen un futuro cierto y concreto, además de hijos y nietos. Muchos de aquellos primeros infantes abrazados en su amor, el domingo estarán con él, en la basílica del primer santo de la Historia, y lo verán ingresar a la misma estirpe de Pedro y los apóstoles.

¡Qué sensación extraña debe ser que quien alguna vez viste trabajando, manejando, aconsejándote, contándote cuentos, hoy lo veas enaltecido por el Papa y la Iglesia, rogándole a que interceda por ti ante Dios, desde su santidad!

Casi paralelamente al ministerio del Padre Hurtado, otro, católico, aunque de naturaleza muy distinta, se desarrollaba en España. Es tal vez la muestra fehaciente de la contradicción más grande dentro de una misma iglesia. Al tiempo que Alberto Hurtado abogaba por un Chile más justo, y donde los pobres tuvieren un espacio digno, el sacerdote José María Escrivá de Balaguer daba origen a una de las congregaciones católicas más polémicas, después de la Inquisición: el “Opus Dei”.

Sí, es cierto. Los dos eran católicos. Los dos alcanzaron la santidad. Pero vaya de qué manera. Me atrevería a decir que Hurtado y Escrivá de Balaguer habrían sido acérrimos enemigos políticos si no hubieran optado por el sacerdocio. Aún así, conversando con un amigo cura éste me contó que sí existían fuertes divisiones en la Iglesia y que muchos sacerdotes, dependiendo de la congregación, se tenían más o menos simpatía. De hecho, el mismo curita me confesaba que el “Opus” no era santo de su devoción.

El “Opus Dei” es lo más cercano que existe, en sus postulados puristas -y forzando la analogía- al Santo Oficio de la Inquisición, cuasi antecedente doctrinario. Temida y cuestionada por muchos, la “Obra” logró hacerse fuerte -al igual que el Santo Oficio- al alero del Papa, y logró su protección e influencia. No por nada es la única “prelatura personal” del Sumo Pontífice, y que ha sacado ronchas dentro de los sectores más progresistas del sacerdocio y el catolicismo secular.

Las diferencias de pensamiento político entre ambos santos llega a ser abismal. En un excelente reportaje del “El Mercurio”, el domingo 16 de octubre, se daba a conocer el para algunos desconocido e “incómodo” rostro político del Padre Hurtado. El artículo hablaba de los comienzos del joven Alberto en la secretaría del Partido Conservador, a los 19 años. Contaba cómo, tras escindirse el partido entre conservadores recalcitrantes y jóvenes falangistas –quienes darían origen a la Democracia Cristiana- el sacerdote jesuita abogaría por los últimos, enrostrándole al conservadurismo su desapego con los pobres y la incongruente exaltación de latifundistas y dueños de los medios como únicos y verdaderos católicos.

De “cura rojo” se le tildó. Su proceder llegó inclusive a despertar recelo entre los mandos medios y altos de la curia católica chilena, al tiempo que los pobres e indigentes lo aclamaban como su salvador. Sin embargo, logró ser recibido por el Papa Pío XII, quien escuchó su necesidad por exaltar la doctrina social de la Iglesia en Chile, ante la tremenda desigualdad. Un revolucionario, un vanguardista para la época, y que sufría al ver como una ideología atea, como el comunismo, se llevaba los corazones de tantos obreros que no encontraban en la Iglesia acogida a sus padecimientos. Su tarea sería recuperarlos.

Prácticamente al mismo tiempo, Escrivá de Balaguer emplazaba su “Camino”, libro, manifiesto y bitácora para los nuevos aspirantes a numerarios y supernumerarios de la “Obra”. En él se esbozan los primeros planteamientos sobre la importancia del trabajo, pero también sobre la mortificación del cuerpo, la castración moral y sexual para lograr la santidad. Pero el sacerdote fue más allá. Logró una sólida relación con el dictador español, Francisco Franco, quien le dio grandes facilidades para el engrandecimiento del “Opus” en la península ibérica, fortaleciendo así su posterior extensión.

José María permeó los altos círculos sociales y empresariales, comenzando así la gran cruzada de la “Obra” por acercarse en cada país a los grupos políticos y económicos más influyentes, logrando, a su vez, una influencia incuestionable en el actual Vaticano. No se le puede negar, por tanto, a Escrivá de Balaguer su gran capacidad como lobbista y transmisor de ideas. Aún después de muerto.

El resto de la historia se escribe hoy diariamente, en todas las instituciones, colegios y universidades del Opus Dei en Chile y el mundo. Varios libros han surgido, al respecto. La escritora y periodista, María Olivia Monckeberg, en su libro “El Imperio del Opus Dei” analiza el rol preponderante que directamente, o tras las sombras, el “Opus” ejerce en importantes y decisivos segmentos de la sociedad chilena, siempre al alero de su arma más importante, por sobre la fe: el dinero.

Hoy, jesuitas como el Padre Hurtado, y Opus Dei, son quizás los más grandes rivales dentro de la Iglesia. En el pasado, los mismos jesuitas fueron expulsados de América por el rey Carlos III, debido a sus osados cuestionamientos humanitarios a la autoridad real por abusos contra indígenas, además de instruirlos. En Chile, mientras el Hogar de Cristo siga recogiendo almas de calles y puentes, la “Obra” seguirá con su tarea mundial de “convertir” a los más preparados y menos necesitados. Y en el Cielo, uno en cada extremo, San Alberto Hurtado y José María Escrivá de Balaguer observarán ansiosos, sin quitarse la vista de encima, el devenir de cada uno de sus legados para una incierta posteridad ▄


P.S: A continuación, algunas “pildoritas” de la controvertida “Obra de Dios”, el Opus Dei.

 

Talibanes católicos


El fundamentalismo no es privativo del Islam. La moral recalcitrante y formas encubiertas de represión y comportamiento sectario alcanzan también al catolicismo. Por muy a salvo que éste se creyese del oscurantismo, también tiene su “lado b”. Se llama Opus Dei.

El Opus Dei es un mundo aparte. La perfección a la que aspira a través del trabajo -su bandera de lucha-, por muy loable que parezca esconde tras de sí aspectos difíciles de imaginar en la actualidad y que trasladan al más bizarro de los escenarios medievales. ¿Sexo? No, gracias. Y, si así lo piensas, “date con el látigo, date con el látigo, látigo, látigo”. ¿Mujeres? ¡Peor!

Conocida era la misoginia de José María Escrivá de Balaguer, fundador de la “Obra”, así como el desprecio que sentía por las féminas, mismas que hoy, curiosamente, son su gran devota. Cuando se le preguntaba por la tarea de los hombres en la Tierra, muy seguro afirmaba que debían “alcanzar la perfección” ¿La mujer? Sólo debía “ser discreta”.

Esto, que parece sacado de un chiste machista, sólo viene a confirmar el oscuro planteamiento del Opus Dei frente al mundo, el que acarrea una grave castración en lo afectivo y lo moral. Pero no es sólo eso. Además posee varias características:

-Represor, pues constantemente reprime cualquier ideología más o menos vanguardista o cualquier corriente de pensamiento liberal que pudiera manifestar alguno de los suyos o cualquier ser humano.

-Censurador, pues no duda en censurar cualquier material filosófico o cotidiano, cualquier escrito, película, obra artística o afín que llegue a sus manos y que sea catalogada como “herética”.

-Pomposo; la forma desmesurada en la que gasta y se da lujos no tiene parangón en la religión católica.

-Sectario, pues dentro de sus altas cúpulas sociales y económicas forma castas inexpugnables en las cuales ningún “no elegido” puede ingresar. Estos elegidos se relacionan directamente con su dinero y posición social, creando así colegios y universidades exclusivas, carentes de pluralismo, elemento de la esencia universitaria (Universidad: “unidad en la diversidad”).

Nada más distante de lo que sus miembros defienden. Se me viene a la memoria un Cristo hippiento, de pelo largo, desgreñado, aguerrido, aperrado, vanguardista, acompañado de su séquito de pescadores pililos y pobretones, que desafió a las instituciones y castas fariseas de su época; que ama al prójimo por igual, sin distinción de clase, religión o pensamiento político. No el Jesús majestuoso de los óleos renacentistas y del medioevo, lleno de lujos y símbolos, en un Vaticano cubierto de oro, sino uno de verdad. Cercano, amoroso e igual a cualquiera de nosotros.

Volviendo al talibanismo, en el “Opus” se lleva a cabo una forzada separación entre hombres y mujeres al ingresar al colegio; todos, absolutamente todos los colegios de la “Obra”, más algunos pares, como los “Legionarios de Cristo”, separan a los sexos e impiden su relación cotidiana dentro de las aulas.

Es tan grotesco, que en un mismo colegio separan con una a reja los recintos de hombre y mujeres, prohibiendo categóricamente la entrada de cualquiera de ellos al otro lado. “Es para evitar distracciones innecesarias y que desconcentren el principal objetivo de estudiar”, explica una profesora del colegio Cumbres, en Santiago. Salvo excepciones, ningún profesor de sexo masculino puede hacer clases a mujeres, por miedo a contaminarlas con pensamientos “impuros”; lo mismo al revés.

En su persecución ideológica, el Opus Dei no duda en censurar y catalogar de “sectas” a grandes movimientos filosóficos contemporáneos. Es el caso de la masonería, la que persigue con especial énfasis, desarrollando, por ejemplo, folletos explicativos que difunde en sus establecimientos sobre el peligro masón.

Contradictorio, pues, según un estudio, el Opus Dei reúne exactamente los 16 requisitos básicos para ser catalogado como secta, y aquéllos que han huido de sus dominios lo confirman. Dentro de estos, los albergues y pensiones para numerarios y estudiantes universitarios de la “Obra” se potencian como los lugares donde se desarrolla gran parte de la oscura trama de adoctrinamiento y, en algunos casos, “lavado de cerebro”.

A grandes rasgos se puede decir que dichos lugares –en Santiago las residencias “Alborada” y “Araucaria”- son lujosas “cárceles”, en las cuales es obligatorio rezar y donde, por cierto, ni mujeres ni hombres pueden ingresar a los recintos opuestos. En ellos se prohíbe estar en las habitaciones, salvo para dormir. La televisión es censurada, tal como así se censuran hasta las pertenencias personales de los estudiantes:

“Llegué de un viaje a Cancún, a la Alborada. Me había comprado una polera con una caricatura erótica muy divertida y, como estaba sucia, la mandé a lavar. Pasaron semanas, y nunca me llegó de vuelta. Armé un escándalo. Al final, me llamó el director y me entregó la polera, diciéndome que lo que ahí salía era muy feo y que no quería verla más, ni menos que yo la ocupara adentro”.

Lo anterior corresponde al testimonio de un estudiante que vivió algunos meses en la pensión Opus Dei Alborada, por decisión de sus padres. Y sigue: “No podías hacer nada, todo te lo controlaban. Si llegabas tarde, te anotaban. Más de tres anotaciones y llamaban a tu apoderado. Los días sábado y domingo no podías dormir más allá de las 11. A esa hora tenías que estar vestido, abajo, y con tu pieza ordenada. Si no, te anotaban. Casi me volví loco. A tal punto que me mandé puros condoros para que me echaran, y les dije a mis viejos que si insistían en tenerme ahí no seguía estudiando”.

El universitario además agrega que se llega a extremos ridículos de censurar la revista “Ya”, de “El Mercurio”, por las mujeres que aparecen en ropa interior, y que pueden llegar a ensuciar con malos pensamientos la mente de los pupilos a ojos de los temidos numerarios, suerte de cancerberos celadores del lugar. Los numerarios recuerdan a los eunucos que custodiaban la Ciudad Prohibida, en la China Imperial. En cierta forma son como ellos: oscuros y totalmente castrados en lo moral, afectivo y sobre todo en lo sexual.

Tras el éxito de “El código Da Vinci”, la discusión respecto a las prácticas dentro del “Opus”, sus sistemas para reclutar gente y los castigos corporales que allí se infringen saltaron a la palestra. Poco a poco nos familiarizamos con las palabras “cilicio” (alambre de púas) y “disciplinas” (látigo), elementos de castigo que los numerarios ocupan para atormentar sus cuerpos y limpiar sus almas.

En el mundo han surgido organizaciones dispuestas a desenmascarar y luchar contra el Opus Dei, agrupaciones que ven en el legado de Escrivá de Balaguer un peligro. Muchas de ellas están compuestas por ex miembros de la “Obra” y que escaparon, aterrados, ante el control de voluntades y obediencia cada vez mayor que exigían sus superiores.

Sí. El extremismo católico existe. Polémico y cuestionado incluso dentro de la propia Iglesia, el Opus Dei amenaza con seguir expandiendo su señorío. No importa quién seas, no importa qué hagas. Si ves que alguien se te acerca y te habla de un tal San Escrivá, huye de inmediato. Si lo escuchas mucho tiempo no te darás ni cuenta cuando estés tú mismo “dándote con el látigo, látigo, látigo”.

viernes, octubre 07, 2005

 

Recuerdos




Un homenaje a todos los hijos de provincia y a quienes, viviendo en Santiago, sintieron la pueril delicia de no haber tenido cable ni Internet.


Hoy, en un Chile en pujante desarrollo, donde el comercio, el turismo, la vida nocturna y la alta gastronomía cobran día a día mayor fuerza; donde el ritmo provinciano de antaño está siendo reemplazado por el vertiginoso ir y venir de ciudades modernas, me siento a pensar y recordar las eternas puestas de sol de mi Iquique natal. Aquéllas que siempre han sido iguales y que no cambiarán nunca.

¡Cuánta agua ha pasado bajo el puente y cuán poco tiempo ha transcurrido! 18, 20 años no es tanto en la vida humana, y es sólo un chasquear de dedos en la Historia; la nada misma, un suspiro. Y esta vida humana es la mía propia, o la de tantos otros de mi generación que crecimos, casi recientemente, en un Iquique aún provinciano, y que despertaba a la luz cosmopolita, al igual que muchas ciudades chilenas.

El baúl de mis recuerdos se abre, los cálidos fantasmas pasados emergen, cual caja de Pandora, y me entrego dulcemente a ellos...

Recuerdo cuando vivía con mis padres -jóvenes profesionales-, recién llegados a Iquique, como modernos colonos que deseaban encontrar su espacio en ese norte generoso, al unísono de muchos como ellos. “En aquel tiempo”, como reza la Biblia, abrí mis ojos a la vida en los hoy viejos y derruidos edificios del playero sector de Cavancha.

Pero en ese momento eran top. Esos antiguos bloques de cuatro pisos, frente al ex aeropuerto -que aún funcionaba allí-, albergaban a todos los profesionales que llegaban a avecindarse. Y recuerdo que hacíamos fiestas y cumpleaños. Los fines de semana nuestros padres se reunían a departir, mientras nosotros, aún guaguas, corríamos despreocupados por los jardines, frente a la YMCA. Todos se conocían. “El tío fulano, papá de fulanita, vivía al lado; la tía zutana, mamá de zutanito, arriba, y así...” Mis muy primeros años.

Tiempo después, mi generación pasaba al siguiente peldaño. Nuestros padres también subían uno y le dejábamos nuestras primas moradas a la generación posterior; aquéllos que recién llegaban. Y nos fuimos esta vez a una casa. Así llegamos a la antes gloriosa Villa Magisterio, en 10 Oriente con Los Molles. En esa larga cuadra de casas y edificios vivían profesionales, funcionarios de gobierno, autoridades y miembros del Poder Judicial. Y la mayoría éramos amigos.

Recuerdo mi casa del número 3138, en 10 Oriente, una de ladrillos rojos y terraza arriba. Recuerdo que me juntaba siempre con mis mejores amigos, Humberto y Marcelo, hijos de un juez que hoy es ministro de Corte, en La Serena. Recuerdo que jugábamos a los “comandos” –léase Boinas Negras- y teníamos nuestro propio club, el “Club Comando”, en la terraza de mi casa, chorísima construcción hecha de cajas de cartón que recolectaba del pedido mensual de mi mamá, en el viejo supermercado “Rossi”, el único de la época. Teníamos de todo: sala de reuniones, cuartos propios, armarios y depósitos.

Recuerdo que hacíamos gala de nuestro henchido orgullo militar, agarrándonos a piedrazos con las molestosas niñas del club del frente, el “Club Barbie”, encabezado por mi propia hermana y unas vecinas. A veces hacíamos excursiones de “conquista” hacia la Villa Puchuldiza -aún en pie, aunque venida a menos-, y nos agarrábamos a piedras y cuanto había con los “cabros de la Puchu”, que no nos querían para nada, ni nosotros a ellos. Disfrutábamos invadiendo su “territorio”.

Recuerdo que íbamos a pelusear, a jugar al “rin raja” y a hacerles “cebollita” –el equivalente a “sube la leche”, en jerga nortina- a las niñas de los edificios del frente, aquéllos de 10 Oriente con Arquitecto Ossandón; jugábamos a la escondida, a los soldados, andábamos en patineta, en bicicleta y nos creíamos el descueve metiéndole conversa al carabinero de turno, que resguardaba la casa del presidente de la Corte de Apelaciones.

Recuerdo que también armábamos verdaderas batallas campales en el sitio eriazo y polvoriento detrás de mi casa, en donde hoy se erige un supermercado “Palmira”, en calle Los Molles. En esos años, el centro comercial top era la rotonda de la misma calle, una cuadra más arriba. Aquél que está detrás del cerrito con la sirena de las doce, y que, en su mayoría, conserva los mismos locales de nuestra infancia, encabezados por la prehistórica botillería “El Chino”, y sus clásicas empanadas domingueras.

Recuerdo también que mi papá me mandaba a comprarle cualquier tontera al gordo que tenía un negocio en el pasaje Yabricoya. Y yo, a la hora de almuerzo, muerto de lata, y recién llegado del colegio, tenía que partir. El colegio, a todo esto, se llamaba “Cinderella”. Un pequeño y acogedor lugar ubicado en un tranquilo barrio del centro, cuando los colectivos costaban $50 pesos y en las viejas micros aún se podía leer “Universidad de Chile”, en alusión a la antigua pertenencia de la actual Universidad Arturo Prat. Éramos poquitos en el “Cinderella”. No más de ocho o diez alumnos por curso. Una verdadera educación personalizada, como se diría. Y lo agradezco. Vaya que me sirvió.

Recuerdo las distracciones, paseos y aventuras que armábamos con mis amigos y “camaradas de armas”, para salir de lo común. Entre ellas, las verdaderas travesías al majestuoso cerro Dragón -la megaduna símbolo de Iquique-, en las que nos apercibíamos de los menesteres más necesarios para la “supervivencia”: un buen cocaví, agua, báculos y mi inseparable perro “Tony”. Recuerdo cuando aún había dunas alrededor del “Dragón” -y no casas, comercio ni colegios- y en las tardes de domingo, con mi padre, las recorríamos en boggie; también saludan a mi mente las excursiones a los casi inaccesibles estanques de agua, que aún se mantienen en las alturas de la calle Castro Ramos, siendo en ese entonces una de las pocas áreas verdes -en una ciudad del desierto- para pasar el día, bañarse y hacer un buen asado.

Y así, tantas y tantas cosas; fantasías, lugares, vivencias y momentos perdidos en lo más íntimo de nuestras almas. La antigua y sana vida de barrio parece haber llegado a su fin. El pueril y necesario “peluseo” con los amigos ya no tiene la misma efervescencia de antes. Va en franco retiro. El almacén de la esquina, de la señora “Pochita”, “Luchita” o como se llame –por no decir “Juanita”-, fue reemplazado por grandes supermercados y estaciones de servicio. Vivimos en un mundo donde las nuevas generaciones nos dejan con la boca abierta por sus destrezas tecnológicas, al compás del Play Station, el Game Cube, el Ipod, el computador con MP3, MP4, MSN, y los celulares con cámara, música, grabadora, linterna y radio, que ya manejan hasta los más pequeños, dejando a nuestro precario “Atari” en ridículo.

Ese saborcillo; ese gustillo de nuestros antiguos barrios, de los juegos más físicos que cibernéticos; de las patotas y paseos en bici, del uso sano de la ladina imaginación de quienes no nos quedábamos encerrados en las casas todo el día, frente a una pantalla, y apechugábamos solitos con nuestros problemas, parece ya no estar. Cada vez que me encuentro en Iquique –y tal vez lo mismo ustedes, en sus ciudades-, no puedo sino pasear nostálgicamente en auto o a pie, visitando aquellos lugares que me trajeron tantas alegrías y enseñanzas, y me brindaron esos deliciosos momentos que ya no volverán.

Yo no sé si será tan cierto lo de aquella archisabida copla de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Pero es justo al recordar esto cuando envidio sanamente a Peter Pan. Y muchas veces, al recorrer los mágicos y a la vez simples recovecos de mi infancia, hubiera querido, al igual que él, vivir en mi propio Nunca Jamás. Y hubiera querido nunca crecer ▄

jueves, octubre 06, 2005

 

Mil formas de poner condón


La nuevamente polémica campaña contra el SIDA.
Ayer fue lanzada la séptima campaña para prevenir el SIDA, llamada “¿Cuál es tu postura?”, donde el protagonista sigue siendo el condón y sus varias formas de ponerlo, en pareja. En la estación del metro Cal y Canto se exhibieron por vez primera los afiches, los cuales muestran que la diversidad de la población chilena y no sólo los grupos de riesgo, como los homosexuales, están expuestos al contagio del VIH.

Actores, animadores y ciudadanos forman parte de este nuevo intento gubernamental por inculcar una cultura de responsabilidad sexual en la población, en el que se destaca que “la única forma de prevenir es el condón”. Así, en los afiches, una escolar muestra un preservativo en la mano y dice “encuentro súper entretenido el condón...desde que aprendí a ponerlo"; Felipe Camiroaga, expresa "por amor... siempre mi primera postura es el condón". La actriz María Izquierdo, el escritor homosexual Pablo Simonetti y el cantante español Ismael Serrano son también parte de la estrategia.

Y, aunque otra vez los “recalcitrantes” siguen siendo los de siempre -Canal 13, Mega y la Iglesia Católica-, el ministro de Salud, Pedro García, al parecer, cansado de la obstinación, criticó el “refrito” de la campaña 2003 lanzada al aire por la estación católica -el cual se limita a decir “hazte el examen”- aduciendo que “no es garantía para evitar el contagio”, además de considerar “una lástima que (Canal13) se niegue a abordar estos temas”. Destacó también que la iniciativa del Gobierno recoge la diversidad de conductas y que éste debe hacerse cargo de todos los lineamientos, católicos o no.

lunes, septiembre 26, 2005

 

Regreso a 10 de julio


Hay cosas en la vida que uno rara vez aprende. Y siempre, a costa de porrazos. Literalmente.

Hace un tiempo, conduciendo de regreso a mi casa, de pajarón me pegué un cunetazo. El irritante incidente, además de los garabatos de rigor, me enchuecó el volante y me desbalanceó los neumáticos, por lo que decidí llevar el auto a algún servicio técnico especializado en tren delantero en general. El elegido fue una Serviteca Goodyear ubicada en Avenida Colón con Hernando de Magallanes, en pleno sector oriente de Santiago. ¡Dios mío! ¿Cuándo aprenderé? Nada más entrar supe que aquello no iba a ser una experiencia feliz, en especial para mis bolsillos.

El tipo que me recibió era bien vestido y bien hablado. A priori, daba la impresión de ser, al menos, el hijo del dueño del taller. Le digo que deseo alineación y balanceo y, cordialmente, me invita a poner el auto en una de esas maquinitas que suben y bajan automóviles, y llama a los maestros encargados de la maniobra. Con sólo retirar la rueda “cuneteada” las caras de los hábiles tipos cambiaron, dándoles un tinte sobrio, casi de duelo, como si me tuvieran que informar del deceso de algún familiar o amigo. Ahí ya supe que estaba frito. Y empecé inconscientemente a sacar cuentas mentales de cuánto podría salirme aquella gracia. Pero todos mis cálculos quedaron chicos. Estaba a merced de unos expertos en el arte de angustiar gente.

-El amortiguador tiene juego -dijo compungido un mecánico.
-El problema está en la cazoleta -agregó otro, con la misma intención.

“¿Cazoleta?”, pensé. “¿Y qué cresta es eso?”, me dije aterrado. El tercer maestro me dio el tiro de gracia.

-Va a tener que cambiarla, o si no...
- ...

Ahí cagué. Ya casi estaba entregado. Todo lo que ellos dijeran podía ser, pues al ser un ignorante completo en la materia, absolutamente todo lo que te digan lo crees. Y estos gallos son duchos. Al igual que los perros, huelen el terror y la ignorancia de sus “víctimas”, y no los sueltan de sus fauces hasta firmar los cheques del arreglo, el cual por lo general aumenta en un cero de lo presupuestado.

Al principio, creí resistir aquella masacre, pero el contraataque de los cancerberos era implacable.

-A una señora, el otro día, con sólo frenar se le salió el amortiguador por el capot... -prosiguió uno, inclemente-. Usted se pegó un pencazo fueeerte, imagínese-sentenció.

Acto seguido, yo a punto de llorar, me hacen pasar a una mesita donde los espera su jefe, sonriente, el cual me hace la más “económica” de las cotizaciones, teniendo en cuenta mi condición de joven, y por ende, ratón inherente.

Pero eso no bastó. La “módica” suma sencillamente sobrepasaba hasta al más osado de mis presupuestos, poniéndome al borde de la desesperación de sólo pensar en el maremagno de tragedias bíblicas que me aguardaban si no hacía caso a sus consejos, accediendo a la reparación. Y ahí caí en cuenta. “Al final estos tipos son todos iguales”, pensé, recordando experiencias similares vividas. Hasta tienen un modus operandi en común. Veamos.

Si llegas a un taller mecánico, por lo general de marca, y te aparece un tipo vestido de delantal blanco y corbata, con un formulario, un lápiz para cotizaciones, habla bien y tiene su pinta, date por muerto. Ése es el preludio de lo que vendrá y de los precios que pagarás, relativos al nivel de educación y presentación de tu “anfitrión”.

Una vez dentro, notarás que todos, desde el más mínimo suche hasta el dueño del taller o concesionario, cuentan con avanzados estudios de sicología, y saben engatusar diestramente a sus presas, orientándolos a merced de sus términos rebuscados, frases clichés y sobre todo, de sus calculadoras.

Cuando te relatan el desperfecto que afecta a tu vehículo en vez de irse por la línea recta -la forma matemática más corta que separa dos puntos- se van por recovecos, tangentes y parábolas, y es ahí donde entran aquellas frases terribles y que nos hacen llorar.

-Es que esta cuestión va por dentro -y te muestran el motor.

Tú, por supuesto, no entiendes nada de lo que ves.

-Hay que desarmar todo -prosiguen.

Esta última es la forma sofisticada que tienen para decir “hay que entrar a picar”, usada por sus congéneres más populares, los maestros de barrio.

Cuando llegues a ese punto, ni se te ocurra preguntar “¿Y qué pasa si lo dejo así no más?”, pues entonces serás testigo de una de las más soberbias interpretaciones teatrales y mímicas, que dejarían chico a Marcel Marceau: se llevarán la mano a la cara, ésta se modificará dramáticamente, recordando al Apocalipsis, y te dirán “ayayayayyyyy....” Ésa es la obertura a las calamidades que te relatarán no más pensar en circular así mismito por un tiempo más, hasta que tus recursos lo permitan. Ni Shakespeare podría quedar impune ante tamaña magnitud de nefastos sucesos.

Ellos, por supuesto se van a lo más, en vez de irse a lo menos, que es en general lo que ocurre. Pero sé fuerte. Resiste. Cotiza. Y si deseas cortar por lo sano, huye inmediatamente de allí. Refúgiate en la popularidad de 10 de Julio, catedral automotriz capitalina por excelencia, y dedícate a negociar, que ahí sí que se puede. Hazlo rápido antes que venga lo más terrible: las cotizaciones.

Las cotizaciones son el remate final a tanta maldad. En ellas, los temibles tipos de delantal blanco y corbata, enjutos y circunspectos, con un sinfín de ademanes realizan cálculos y escriben números mientras uno, desolado, presagiando el fatal desenlace, los observa con ojos de perro dolorido, como esperando una gota de compasión de su parte que se refleje en tanta fragosa operación matemática. Pero no. Al final, siempre es lo mismo: la hoja de la cotización es arrancada lenta, parsimoniosamente, dando la sensación que aquel suplicio no terminará nunca. Acto seguido, te miran con cara de hombre serio y te vacunan:

-El arreglo le saldrá $ tanto...

Primer disparo del que uno apenas logra reponerse. Pero no termina.

- ...más IVA.

Ahí sonaste. Si sacaste ya alguna cuenta desesperada, ahora vuelta atrás, pues te faltó sumar el IVA, el que, inexplicablemente, casi como juego sádico, lo apartan y lo suman al final, como si uno, Juan Pérez o Pedro López, particular, contribuyente, fuera un privilegiado que por alguna razón divina no pagara el dichoso IVA cuando, no más verte la cara saben que eres una pobre y triste persona natural y no una sociedad, que pudiera optar a tal descuento. Pero no. Dale con la irritante tontera de sumar el IVA al final, como creándote perversamente falsas ilusiones de un pago menor. Y vaya que el famoso impuesto encarece cualquier cuenta que uno haga. Y ellos lo saben.

Entre medio está el asunto de la mano de obra, por la que son capaces de cobrar el alma. Aún recuerdo cuando, por si las moscas, fui a un concesionario Volkswagen a preguntar cuánto me saldría cambiar la miserable chapita de mi guantera, que estaba rota. Yo ya había comprado el repuesto. Sólo quería que lo instalaran. Pagarle una propina al maestro, unas dos lucas, algo así. Pero el monstruo de delantal blanco y corbata nuevamente me despedazó.

-Eso es, más o menos, una hora de trabajo -(???)-. La hora de trabajo, mano de obra, sale $15.000... más IVA.

Ante razonamientos como ése, ya no hay nada más que hacer. Contrariado, pesqué mi repuestito y me mandé cambiar a 10 de Julio. Ahí busqué un taller donde arreglaran Volkswagen y le pedí la paleteada a un maestro. Tomó un desatornillador, cambió el repuesto cantando, en menos de 5 minutos, y le pasé luca y media de propina, dejando al tipo feliz. Y yo, por cierto, me fui feliz.

La nube se disipa. Mis recuerdos terminan. Regreso al taller del “cunetazo”, a su jefe sonriente, pintoso y bien hablado; a los maestros cancerberos, que esperaban mi respuesta y miraban mi billetera, relamiéndose. Pero mi decisión ya estaba tomada. Vuelvo a 10 de Julio; a su populacho, pregones e insistencias. Nunca debí salir de ahí ▄








martes, septiembre 13, 2005

 

Los nuevos Platones

Si el genial pensador griego pudiere ver a sus actuales y criollos aprendices, lo más probable es que elegiría el mismo destino que su maestro, Sócrates.


Pasamos un nuevo 11 de septiembre. Y lo típico. Ver las noticias en esta fecha es como observar un latoso y cargante video repetitivo, que rueda, rueda y rueda, con su cinta a maltraer. Ni siquiera sé por qué los canales se molestan tanto en reportear los majaderos disturbios y enfrentamientos producidos en las conmemoraciones y romerías, además de las ya tradicionales poblaciones de Santiago -este año amainados levemente por el efecto mediático del aviso de “tolerancia cero” por parte del Gobierno, aunque no suficiente como para persuadir a los eternos pelusones y odiosos pelafustanes de baja estofa, mejor dicho, delincuentes-.

Ya en la semana se venían calentando los ánimos para este “11”, a nivel de otras esferas. Me refiero a las también aburridísimas, redundantes y ridículas protestas universitarias, en los mismo sitios y con los mismos ejemplares como protagonistas. La clásica metonimia del grupo de pacos entrando a las universidades a cazar comunachos; los hostigosos encapuchados tirando molotov y protestando por estupideces arcaicas; el anodino rector dando anodinas excusas y pidiendo anodinas explicaciones por la irrupción policial en los campus; los ya francamente detestables dirigentes politiqueros izquierdosos justificando el pelotudo actuar de los “nenes”, sus regalones; los niñitos idealistas luchando por un malentendido clamor de libertad social.

Son sinceramente patéticos. Apestan. Primero toca el famoso “día del combatiente”; una fecha programada y destinada de forma especial por este enjambre de masoquistas para enfrentarse a las fuerzas de orden. Es como si gozaran orgásmicamente al ser bañados con las pútridas aguas mapochinas de los guanacos; al ser apaleados, garabateados y agarrados por los pacos, quienes los pescan de sus fétidas y tiesas mechas y patá en la raja pa’ entro ‘e la cuca.

Después de todo el numerito, con los niñitos magullados y encanados; los locales con sus vidrios rotos; los neumáticos quemados; los teléfonos y señalética arrancados de cuajo -pagando Moya-, llegan los dirigentuchos de siempre con la misma y añeja perorata. Aquí es cuando hablan de los clásicos “infiltrados” – y que no son más que ellos mismos-; de la “provocación” policial, y de los excesos de la pérfida salvaguarda ciudadana contra los “combatientes”. Y es aquí cuando uno se pregunta: “Y bueno, ¿no era eso lo que querían, combatir?” Y resulta que cuando les dan en el gusto, cuando llegan quienes están dispuestos a entrabarse en fiero combate y les sacan cresta y media, se enojan y reclaman. Ah, no, así no vale. ¡Qué picados!

Bueno. Este “día del combatiente” tiene su remake todos los “11”. No importa el día de la semana, no importa a qué precio. Los épicos gladiadores nuevamente se arman con sus capuchas, piedras y molotov para salir a expresar, otra vez, su primitivo descontento. A veces me da la impresión de que fuera un plus ser “combatiente” en las universidades comunachas. Y el clásico prototipo de este combatiente es el lana cliché con pinta de roto, cara de comunista, y que se pasea, descapuchado por sus aulas todos los días restantes. Es fácil de reconocer.

Lo puedo imaginar en la “U” de “Conce”, Playa Ancha, en “Valpo”, o la UNAP, en Iquique. Pululando dentro del megacampus de la USACH y en la plazuela cercana a la Arcis. Sentado en los jardines de Juan Gómez Millas, en la Universidad de Chile -Macul con Grecia-. Acurrucado, medio curado, en los árboles de la UTEM. Reunido, con su grupo rasca de minas lanas y locos artesa. Con su rancia polerita del “Che”, su vino matapenquero de caja, sentado a lo indio, fumándose un cuete, tocando guitarra, hablando huevadas, y respondiendo a todo lo que no le parece con un “o sea, igual tu argumento es válido, ¿cachai...?”, con acento de “Lolo Palanca” y excusándose de no pensar igual.

“Válido”. Me apesta esa palabra... “Válido”... La llegué a odiar por culpa de ellos, por ser el lugar común de esos hippies piojentos, de esos chascones imbéciles, quienes lo usan a destajo. “O sea, cachai que lo que tú decís igual es válido...” Puedo imaginarme sus mechas pegoteadas, su aspecto desaseado, sus barbas motudas, su tufo vinoso y su tonito lana repitiendo esa maldita palabra, “válido”. Es tanta mi aversión que la cambié sin piedad por “legítimo”, omitiéndola para siempre de mi diccionario. Todo por culpa de los lanas combatientes.

No puedo entender como esta manga de pergenios, pergüétanos, gaznápiros y pinganillas, reunidos en los sacrosantos templos de las letras, como sus universidades, en todo este tiempo, ya casi entregándole el mando a un segundo gobierno socialista; a eones de haberse reestablecido la democracia, todavía intentan convencer a los más huevas que ellos de que la única forma de hacerle entender a la vilipendiada “sociedad” sus vetustas demandas es a través de piedras y fuego. Casi como en las cavernas. Pinta no les falta.

Insultan nuestras inteligencias al pretender que quienes tratamos de ejercitar nuestros cerebros vamos a aganchar una vez más; una nueva, gastada, patética y ajada vez más en que cada “11” tenemos que salir como peo a la calle a encapucharnos y protestar por cualquier huevada, porque sinceramente, a estas alturas, cualquier intento serio de discurso se desvirtuó a manos de lanas y lumpen.

No me cabe en la cabeza pensar que el mismo lugar en donde todos los malditos años los pacos entran a apalear genios “idealistas”, sea el santuario de la elite intelectual chilena, Filosofía y Humanidades de la gloriosa y excelsa Universidad de Chile, de la que alguna vez fui alumno, no así de su elite de “filósofos”. Los nuevos aprendices de Platón dan más la impresión de haber vuelto a la Edad de Piedra que cultivar sus intelectuales sesos para, en el futuro, gobernar los destinos de la nación. Gloriosa involución.

Y resulta que estos fulanos son la antípoda del cuico “high life”, bañado en plata, con papa en la boca, apellido pomposo, título, status y “Dockers”. Son el positivo y el negativo. Los lugares comunes, el referente caricaturesco. El lana es el resentido social y el cuico el acomplejado social. Casi, en el fondo, son lo mismo. Prefiero el sano matiz del término medio.

Y, si no les gusta, igual mi postura es súper válida, ¿cachai...? ▄




martes, septiembre 06, 2005

 

El hombre feliz


¡No estoy ni ahí! En el fondo sé que hago como que mi vida es perfecta, como que soy inmensamente pleno, como que vivo realizado. Me levanto todos los malditos días pensando en qué hubiera pasado si mis palabras aquella vez hubieren sido diferentes. Si mis sílabas pronunciadas ante los para mí miles de ojos hambrientos y expectantes de mis padres, que sólo esperaban escuchar las infames palabras mágicas; ésas que cambiaron la faz de sus rostros para siempre, y que además no sólo cambiaron el mío sino que también mi alma, mis sueños, mi vida y me convirtieron en el flamante y perfecto yo insípido de ahora mismo. Ese que soy: Ingeniero Comercial de Una Buena Universidad con MBA.

¡Ya está! ¡Lo logré! ¡Lo soy!... En realidad, ¿qué soy? ¿Soy el reflejo de mis anhelos, las proyecciones de mis sueños? ¿Topé el techo de la frívola conciencia? ¿Bebo de aquel potaje que me hace ser y sentir mejor? ¿Soy mejor?

Cuando niño corría libremente por los patios y calles de mi infancia. Despreocupado, veía la tele y las películas Technicolor y soñaba con la transfiguración de mi existencia; aquélla que me permitiese permear en ese mundo maravilloso y aventurero que, prometedor, me invitaba a correr por las llanuras de Norteamérica a bordo de un caballo negro y de crines largas. La misma que me hacía llorar de la emoción al imaginarme a bordo de una nave espacial que me llevaba fuera de todo el Universo conocido. ¿Quién no quiso ser astronauta? ¿Quién no quiso ser como Papelucho, para siempre...?

Pero el síndrome de Peter Pan, angustiosamente anunciado por mis padres celadores, me hizo ver que yo ya no estaba para juegos. Atrás debía quedar mi febril ensoñación. Las intimaciones de este apestoso cliché llamado sociedad me obligaban a sentar mi cabeza en cosas más importantes y concretas que en las leseras de ser astronauta o vaquero.

Y así me puse a pensar. A los pocos años seguía pensando, a medida que mi semblante tornábase más parco. Atrás quedaban Papelucho, Miguel Strogoff y Phileas Fogg, entre tantos héroes que me habían regalado lo mejor de sus vidas, lo mejor de sus épocas, sólo para enriquecer la mía. La misma que ahora, en pos de un perverso beneficio social, debía denostar para ser “alguien”. ¿Alguien quién? Si yo ya dejaba de ser alguien. Dejaba de ser...yo.

Pero debía madurar: Mis papás, prestigiosos profesionales, deseaban proyectarse a través de mi linaje. Y no puedo defraudarlos. Pues, ¿qué dirían sus amigos, qué dirían mis abuelos, su madre y su hermana, y todos los siglos de colonialismo español que no en balde, me han hecho cobarde? ¡Pero qué diría yo! A nadie le importó.

La obligación de ser... y no defraudar. La obligación de tener que responder ante los demás y, sobre todo, ante ti mismo, para no sentirte en menoscabo; para no pensar que eres un idealista inútil por el solo hecho de soñar. El precio de los sueños siempre es demasiado alto. Prefiero ahorrarme penas, retos y cuestionamientos. Prefiero seguir siendo el cobarde que soy, es más barato, son menos lágrimas. Además, tengo obligaciones, sí.

Ahora que decidí qué hacer con mi vida; ahora que sé que quiero ser un hombre que aporte al país y la sociedad con sus pensares; ahora que mi infancia terminó. Ahora que el maldito Papelucho amado, que no me dejaba en paz, está pudriéndose en una caja con termitas, al igual que mi corazón de aventuras –“las aventuras no dan de comer”, me repito-, sé cuál es mi objetivo. Veamos, ¿dónde está mi lista? Aquí está:

Bien...
Titularme de Ingeniero Comercial (o afín) en Una Buena Universidad.
Hacer un MBA (ojalá en el extranjero). Sin eso nada soy.
Buscar buena pega.
Trabajar.
Ganar lucas.
Cambiar mis andrajos por camisas “Polo”, corbatas de seda, “Dockers” y “Guante”.
Ganar más lucas.
Ser inmensamente ocupado.
Cambiar el auto todos los años. Si no, las minas no pescan.
Buscarme una minita rubia, de buen colegio, familia y de apellido con “rr” o “ss” (da lo mismo que haga, diga y opine puras sandeces).
Ganar muchas lucas.
Casarme, antes de ponerme guatón y pelao.
Viajar por negocios.
Viajar por placer.
Ahorrar para mi casa en la playa (ojalá en “Las Brisas” o Marbella).
Cambiar mis camisas “Polo”, mis “Dockers” y mis zapatos por cualquier cosa que vendan en el Boulevard Alonso de Córdova. Ahí donde va este niño Yarur.
Jugar golf. ¡Qué fome! Pero es necesario.
Tener mi casa en La Dehesa, Valle Escondido o Quinchamalí.
Tener muchos niños.
Llevarlos a misa siempre, a Los Castaños o Sta. María de Manquehue, para que se ambienten. Ponerlos en colegio “ad hoc”.
Sentirme realizado, pleno, satisfecho de mi aporte a la sociedad (¿cuál?).
Sentirme satisfecho del aporte para conmigo mismo.
Fingir que estoy feliz.
Fingir que no me estoy haciendo mierda por dentro por ser pelao, guatón y no tener más años para soñar.
Hacerme mierda.
.. meterme mis sueños por la raja...
Morirme...

Al final... ¿qué hice...? ¿Qué mierda hice de distinto, si toda esta huevá ya estaba hecha antes de que yo llegara, si todos estos huevones con los que me junto, chupo, y hablamos de economía, autos y la lipo que les hicimos a nuestras señoras rubias, de tetas operadas y apellido rimbombante son todos iguales, hablan igual, se visten igual, piensan igual, viven donde mismo?

Todo es odiosamente idéntico. Tanta minita rica, tontita, rubiecita, pituquita, y que seguramente mi hija también será; que me calientan al mirarlas, que me provocan deseo de desvestir esos cinturones con puntas metálicas iguales, en esos pantalones que muestran la mitad de los calzones; ese peinado ochentero a lo Cindy Looper, esa forma similar de pronunciar. Esos amigos míos que se las dan de cuicos arrotados, que se dejan colachas de “chocopanda”, que tienen la misma nariz, la misma boca, el mismo acento en sus mismas voces, que se visten igual, y que en el futuro dejarán el chocopanda por los “Dockers” si, por la puta, ¡son apestosamente iguales! ¡Todos son iguales, todos son en serie, con código de barras! Y, en el fondo, ¿para esto es que he luchado? ¿para esto es que he triunfado? ¿para ser un igual más? ¿uno más del montón, con la única diferencia que este montón tiene más plata?

Recuerdo al “Príncipe Feliz”. Aquel joven de oro, de ojos de esmeralda y espada de rubí; que lloraba al ver como los sueños de la gente se hundían en miseria, y que debió descascararse entero y quedar ciego para así calmar su angustiado corazón. Recuerdo “Un mundo feliz”, la terrorífica novela futurista de Aldous Huxley, que retrataba a una sociedad aparentemente plena, con todas sus instituciones funcionando y sus personajes perfectos en sus vidas perfectas, programadas, por todos esperadas. "Una dictadura perfecta que tendría la apariencia de una democracia; una cárcel sin muros en la cual los prisioneros no sonarían en evadirse. Un sistema de esclavitud donde, gracias al sistema de consumo y el entretenimiento, los esclavos tendrían el amor de su servitud ", reza lacónica una crítica.

¿Dónde cresta quedaron mis propios sueños, mis ansias? Aquellas ganas de ser otro, distinto. Ganas de sembrar esa semilla diferente; ésa que me hiciera auténtico; que tal vez me permitiera legar una gran estirpe de emoción en las almas. Esas ganas de volar, volaron, para siempre. Muté hacia El Hombre Feliz. Un hombre revestido en oro, en fastuosa apariencia, y que se descascara de sus sueños hasta quedar gris, vacío.

Ahora soy Ingeniero Comercial de Una Buena Universidad, con MBA. Ahora soy... igual... a todos. Y nada más que eso ▄

miércoles, agosto 31, 2005

 

Lo mejor de lo "nuestro"


Una oda patria a ese mar azul que nos baña y alimenta. Una exaltación a nuestra excelsa estupidez. Un cántico a la tradición; eso sí: a la de ser giles y convivir con giles aprovechados y care’raja.


“Y ese mar que tranquilo te baña...” Así reza una de las gloriosas líneas de nuestro himno patrio, adulando aquella extensa franja marítima, que incluso en la época de su composición no alcanzaba el largo que hoy ostenta. Somos un país marítimo por excelencia. Nuestras costas son un don, una exclusividad de la que no todos los países gozan y que de vez en cuando dan algún dolor de cabeza, a causa de salidas al mar o delimitaciones marítimas.

Pero nosotros somos férreos defensores de nuestro mar, que tantas bondades y riquezas nos da. Y lo cuidamos a él y a los manjares que provee. Delicias marinas que no todos los países tienen el lujo de disfrutar y que nos encargamos de potenciar y difundir. Es nuestra carta de bienvenida frente al gringo. Somos un pintoresco país marítimo del fin del mundo lleno de muelles, caletas y puertos que nos otorgan nuestra propia idiosincrasia.

“Oh, very typical”, comentan eufóricos europeos y norteamericanos al aparecerse por uno de los más clásicos rincones marinos chilenos. El mercado. En Santiago es el Mercado Central. Y en provincia lo constituyen los cientos de mercados, mercadillos, caletas, restaurantes y posadas que ostentan y deleitan a sus huéspedes con las más diversas especialidades neptunianas. Parecen como niños llegando al parque de diversiones, y disfrutan con cada artista callejero, vendedor de baratijas, contador de chistes, curado trasnochado, gato verdejo y cantante de boleros y sonatas porteñas, que pululan por estos opíparos lugares.

En la catarsis de su éxtasis se sientan a la mesa. Y ahí se los zurcen. Y se los fornican sin que ellos se den cuenta, lenta y perversamente. Con sólo abrir el menú, los platos desfilan tentadores a los ojos de los ingenuos turistas, quienes embelesados con el pintoresco pero patético show que les tratan de armar, como asemejando nuestra forma de vida, no alcanzan a reparar en el verdadero garrote con el que les están dando en la cabeza. Y a los que sí nos da rabia. ¿Erizos a seis lucas? ¿Machas y pailas marinas $5.000? ¿Pescado, dígase lenguado, congrio o salmón a $6.500, todo por que lleva una porquería de “salsa margarita”, con uno que otro molusquillo y algunas solitarias colas del picante langostino chileno?

¿Qué tiene de pintoresco o típico este verdadero asalto del que somos víctimas gringos y chilenos, nacionales o gentiles cada vez que queremos comer del fruto de nuestro ancho mar? La única diferencia es que los “very typical” no se dan cuenta. Pero nosotros sí. Y aún así dejamos que nos forniquen lentamente, engrupidos como unos giles con la tontera de la tradición y estupideces por el estilo. ¿Cómo puede ser posible que, si tenemos más de cinco mil kilómetros de costa y nos negamos a darle un pedazo a los bolivianos porque es nuestra, porque la amamos y bla bla bla, seamos tan idiotas de permitir que caraduras como los dueños de picadas y restoranes cobren barbaridades por lo que se supone que más tenemos? No digamos tampoco que el Mercado Central es el templo a la pulcritud, como para que por último justifiquen sus precios con la belleza y limpieza de su entorno y servicio. No con los gatos comiendo ahí mismo, en los basureros, ni con el olor de la concha y pescado en descomposición.

Para los que no se han puesto a pensar, en Chile hay muchísimos más pescados, almejas y choros que vacas y pollos, y resulta que justamente aquello que pretende darnos nuestra identidad nacional termina siendo lo más caro e inaccesible. Me da pena ver como familias completas de gente humilde y sacrificada son despojadas cruelmente de sus dineros cada vez que van a estos lugares, desde los más cuicos a los más populares, sólo por querer probar lo que es nuestro, y que tanto abunda; sólo por darse un merecido gustito.

Me da asco ver como en Semana Santa los mercachifles vendedores de pescados y mariscos aumentan de forma grosera sus precios, sabiendo que los “recogidos” creyentes sólo atinan a darse suculentos festines marinos, o como embaucan a los extranjeros haciéndoles creer que el mar es el sabor de lo nuestro. Mar que sólo está reservado para los bolsillos más caros. Sonrío estúpidamente al caer en cuenta que he comido en ¡Bolivia! salmón chileno a más bajo costo que acá, en un exclusivo restaurante japonés de Santa Cruz, ¿y nos creemos un país marítimo?

Como dato, los chilenos consumimos sólo 5 kilos de pescado al año (por persona, se entiende); muy por debajo de los 60 kilos, en Japón, y de los 22 en Perú, aquí al ladito, donde, más encima, los cocinan rico, como sacándonos pica. Alguien dirá, “quizás no sea la costumbre en Chile”. Claro que con estos precios no hay costumbre que resista. Y con lo necesario que es el pescado en el desarrollo de los niños. Tal vez por eso hay tanto tarado dando vueltas, porque le faltó comer pescado.

A propósito de tarados, los restaurantes pitucos ya son palabras mayores. Esos lisa y llanamente cobran lo que quieren. En Santiago, las marisquerías más “finas” de la exclusiva calle Isidora Goyenechea, en Las Condes, o en “Borderrobo”, perdón, “Borderrío”, en Vitacura, asaltan a destajo. Pero asaltan a quienes pueden y gustan de ser asaltados, vendiéndoles la pomada con ese ridículo concepto snob de “coma poco y pague mucho”.

En sus cartas desfilan en inglés -por supuesto- centenas de platos, cuyos complicados nombres tardan varias líneas, y que seducen con su atractivo contenido marino. Luego uno, extasiado, los pide, los espera relamiéndose y ¡sorpresa! Los camarones ecuatorianos (equatorian shrimps) eran dos miserables colitas; los ostiones eran dos porquerías, el salmón era una tajadita; el picoroco daba lástima y las ostras con suerte eran tres, en su concha, lo que engrosaba descaradamente el tamaño del plato.

Todo esto, adornado de ridiculeces gay como florcitas de zanahoria, bastoncitos de apio, acicalamientos de lechuga y un largo etcétera que le da al plato un tamaño real que en cantidad nunca tuvo. El jardín de mariscos o “seafood garden” se fue a la cresta y uno choreado, taimado y fornicado por el sonriente dueño se va a su casa con la cola entre las piernas, con varios billetes menos y jurando no volver nunca más, sintiendo lo injusto que es pensar que uno es roto porque le gusta comer harto.

Casi ningún restaurante de capital o provincia, salvo honrosas excepciones, se salva. Basta recorrer las rústicas caletas de Concón para darse cuenta que los precios que allí cobran no son nada de rústicos ¡estando frente al mar! ¡Saliendo los buzos con sus productos de ahí mismo, sin ninguna engorrosa majamama de por medio!

Paséese por los más finos lugares, incluso los más rascas, sólo a modo de ejercicio, y verá como día a día nuestra dignidad marítima de país marino es violada, peor que si les diéramos mar a Bolivia, pues nos duele a nuestros bolsillos y al placer de comer nuestros mariscos y pescaditos por los que tanto hemos luchado. Capaz que si Bolivia tuviera mar, nos saldría mucho más barato ir a comer allá. Y si mi estómago mandara, y no mi orgullo patrio, ya no sabría qué pensar ▄

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